sábado, 6 de abril de 2013


Una mirada antropológica a la cultura

 

Cultura y relativismo
 

Era frecuente en el pasado hablar de "gentes cultas" y "gentes incultas", dentro de una definición de cultura como "cultivo del espíritu" que resulta elitista aunque es, por cierto, la traducción etimológica de la palabra cultura. Hoy, en un mundo multicultural y globalizado, se hace necesario entender este concepto desde una definición antropológica: cultura es un conjunto de convenciones que adopta un grupo humano para poder relacionarse entre sí y formar una sociedad. Sucede que, a diferencia de las hormigas o las abejas, en los humanos el instinto por sí solo no garantiza la supervivencia de un recién nacido ni provee todas las reglas, comportamientos y códigos que hacen posible trabajar en grupo por un objetivo común: mantener la vida y reproducir la especie. Los humanos nos ponemos entonces de acuerdo sobre todas estas reglas, comportamientos adecuados y códigos para comunicarnos, y luego se las enseñamos a los hijos y a los nietos, quienes en gran parte las mantienen y en alguna medida las modifican o adaptan a sus tiempos.

El lenguaje es un magnífico ejemplo: si yo decidiera crear mis propias palabras nadie me comprendería; las palabras son inventadas, no dependen del objeto que designan, pero deben ser códigos compartidos por un grupo de personas si han de permitir la comunicación. No hay palabras mejores que otras, no hay idiomas "cultos" y otros "incultos": todos son los buenos si le permiten a un grupo humano expresar su experiencia. Lo mismo sucede con las formas "correctas" de saludo, las formas"adecuadas" de vestirse o de adornarse, o de criar a los hijos, o de gobernar una sociedad. Son convenciones inventadas que funcionan mientras todo el grupo humano esté de acuerdo con ellas y base en ellas su convivencia.

Ninguna persona puede vivir sin cultura, y no hay culturas mejores que otras. cultura, y no hay culturas mejores que otras.

Adaptación y no evolución

En el siglo XIX, en la época victoriana, Europa estaba convencida de haber logrado la cumbre de la civilización y miraba con desprecio a otras culturas del mundo que iba sometiendo a su dominio. Cuando los primeros antropólogos aplicaron a la sociedad el concepto de evolución desarrollado por Darwin, lo hicieron bajo esa tónica etnocéntrica:

los demás eran primitivos, salvajes o bárbaros, y los europeos eran los únicos

civilizados. En realidad esto falsea las ideas de Darwin y el concepto de evolución. La evolución no tiende a fabricar criaturas cada vez más "perfectas"; lo que hace es garantizar la adaptación mutua entre un ambiente y un ser vivo. Las capacidades biológicas (el cuerpo, la capacidad de crear y simbolizar) de todos los seres humanos actuales son equivalentes; es mediante la diversidad de culturas como las sociedades humanas se adaptan a los distintos ambientes en los cuales nuestra especie puede vivir. Los esquimales (innuit) adaptaron su tecnología para vivir en el frío canadiense; los nukak-makú para vivir en una selva amazónica donde los recursos son frágiles y están dispersos. Ambas culturas son válidas hoy como lo han sido por siglos y no son fósiles "atrasados" o "primitivos" a quienes nos corresponde "civilizar". Nuestra sociedad occidental, aunque mucho más poderosa, no siempre da pruebas de ser mejor. Podemos vivir en los polos, pero a costa de depender de combustibles fósiles no renovables y de materiales, repuestos y alimentos importados. Cuando vamos a vivir a la selva pretendemos convertirla en prados cercados, permanentes, donde paste el ganado, y así la arrasamos hasta erosionarla en forma no recuperable. Nuestra sociedad, en poco más de un siglo, ha logrado destruir la capa de ozono que protege el planeta, y de continuar así pone en peligro la existencia de toda la humanidad. La sociedad de Occidente ha influido el mundo entero, pero no es sostenible.

Entender la evolución como "progreso" nos hace hacer juicios de valor injustos que destruyen otras culturas, cuando podríamos respetarlas e incluso aprender de ellas.

 

Complejidad y diversidad

 

Una cultura es el resultado de una historia social, es la forma como acumulamos (o desechamos) experiencias. En la era de la información, nuestra sociedad globalizada ha conocido muchas otras formas de vida que pueden serle útiles en un momento dado.

En realidad nosotros no vivimos en una sola cultura. En nuestra propia sociedad urbana reconocemos varias culturas porque hay diferentes grupos humanos entremezclados. Los jóvenes crean convenciones que les permiten identificarse y distinguirse (por ejemplo alrededor de un estilo de música, de saludo, de vestir, de hablar); los campesinos conviven con los yuppies, con los paisas, los santandereanos, los negros, los indígenas. De hecho, nosotros somos todos ellos: un día comemos tajadas de plátano venidas de África, al día siguiente almorzamos con la lógica del sopa-seco -principio y sobremesa, pero en la noche cenamos una pizza con una gaseosa, producto de otra gramática cultural. La arqueología fue inventada por nuestra cultura como una forma más de explorar soluciones y experiencias del pasado que nos ayuden a entender mejor el mundo en que vivimos, de la mano de quienes lo habitaron en los milenios anteriores.

La diversidad nos enriquece, nos provee de experiencias y nos ayuda a tener respuestas listas para adaptarnos a las distintas situaciones que se nos puedan

presentar.

Identidades y convivencia

 

A la vez, una cultura necesita desarrollar sentimientos de identidad, así como las

personas necesitamos autoestima. Sin identidad, sin un orgullo de lo propio, a un grupo humano le faltará coherencia: la sociedad y la economía colombianas no podrían funcionar si todos prefiriéramos lo extranjero o si todos nos fuéramos a vivir al Canadá.

A medida que el mundo se vuelve global es normal y positivo que se refuercen las

culturas locales: mientras más aprendemos sobre el otro más nos reconocemos y nos pensamos a nosotros mismos. Pero hay un justo punto de equilibrio entre la identidad, un sano etnocentrismo, y la xenofobia, la intransigencia. No necesitamos más ideas de razas o culturas superiores, ya han hecho mucho daño. Necesitamos aprender a convivir, y para eso es importante sentirnos bien con nosotros mismos, sentirnos seguros de ser como somos y de nuestras posibilidades. Conocer nuestra historia nos da madurez, valorar nuestro patrimonio nos da seguridad.

A través de experiencias lúdicas y estéticas, el Museo del Oro fomenta en los

colombianos un sano sentimiento de identidad, un deseo de explorarse y reconocerse a sí mismos en la diversidad.

La Constitución nos define como pluriétnicos y multiculturales; así, lo que nos une a todos los colombianos... es que somos distintos.
                                                                                                        Banco de la Republica.

3 comentarios:

  1. es impresionante ver para mi opinión personalmente como un instrumento puede identificarnos de una manera tan especial, y como a su vez lleva con sigo la historia de una cultura maravillosa. agregando que aunque este instrumento no es tan conocido ni tan valorado por todas las personas puede brindarnos maravillosas experiencias al escuchar su ritmo... no importa cuanto lleve en la historia los que valoran la cultura siempre buscaran la manera de no dejar perder un patrimonio tan incomparable que aunque sencillo expresa toda la humildad y nuestra propia tierra..

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  2. Excelente blog. Es genial que los jóvenes se dediquen a escribir y publicar sobre nuestras raíces folclóricas. Felicitaciones!

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