MARIMBA DE CHONTA, LA SANGRE QUE CORRE POR LAS VENAS DE COLOMBIA
En el mes de la Afrocolombianidad, no podemos dejar de recordar y brindar tributo a este maravilloso instrumento, que habla de nuestras raíces esencia que corre por la sangre de todos los Colombianos!
La calle donde reina la voz de
la marimba..
Declarado por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, el mes de Noviembre del año 2010.
Foto: Santiago Saldarriga / EL TIEMPO
En uno de los extremos de Buenaventura, la enorme boca por donde entra al país todo lo que nos llega del exterior, hay un barrio que se llama Viento Libre y en él, una calle sin pavimentar que se abre como si fuera una puerta falsa dentro del desolador panorama de casas resquebrajadas por la humedad del trópico y que, paradójicamente, fue bautizada con uno de los nombres más poéticos del Pacífico colombiano: Piedras Cantan.
Es una calle sin salida bordeada por casas de madera que flotan sobre el agua, ancladas sobre gruesos troncos, tan quietas y grises como la realidad que se percibe al entrar: las puertas y ventanas están cerradas y desgastadas. No hay sillas. No hay triciclos. No hay juguetes. No hay ropa colgada. No hay nada. El entorno agoniza en silencio: el viento no corre libre ni tiene la suficiente fuerza para mover las hojas de las palmas y los árboles.
Tampoco las piedras cantan.
Inesperadamente, se escucha el eco de algo que da visos de alegría. En un inicio parece ser el sonido de un veloz martilleo que va en aumento. Después, la resonancia que produce el golpe de una gota de agua cuando cae dentro de un balde, pero a una escala gigante. Se trata del llamado eufórico de una marimba que sale de una de las casas y recorre la calle, se cuelga de las ramas de los árboles, toca las puertas de los hogares vecinos y desaparece antes de repetirse.
La gente que, en un principio, no parecía estar allí empieza a salir automáticamente de sus casas como si resucitaran al escuchar un llamado que los convoca. Algunos niños corren hacia el golpe de la marimba: sueltan risotadas, aplauden, bailan, se abrazan, sacan sus propios bombos -no se ve ningún juguete, ya lo dije- y empiezan a tocar con la propiedad que les brinda haber nacido envueltos por su sonido.
Al mismo tiempo, unos bebés gatean sobre el piso de tierra y otros se animan a dar sus primeros pasos hacia la algarabía que han creado los instrumentos. En otro lugar, los mayores se acomodan en sus mecedoras o en los marcos de las ventanas o en el piso, y disfrutan desde la distancia. Miran hacia un horizonte que no existe y se dejan llevar por sus pensamientos. Y ahora sí, pareciera que incluso las piedras cantaran.
Quien toca es Baudilio Cuama, un artesano afrocolombiano que, por años, ha preservado y construido en esa zona del Pacífico uno de los instrumentos de percusión más importantes, no sólo para los departamentos de Nariño, Cauca y Valle del Cauca, sino para toda la humanidad, como lo declaró la semana pasada la Unesco.
"La marimba es un aporte de los africanos que llegaron con sus conocimientos a América. Sin embargo, a diferencia de la nuestra, que tradicionalmente se toca colgada y su base es construida en bambú, allá la llaman balafón y es elaborada con una base de totumas y se toca en el piso", explica Juana Francisca Álvarez, hija de Petronio Álvarez y coordinadora cultural de la Universidad del Pacífico.
A Cuama no le preocupa que los niños y adolescentes se tomen su taller y toquen sin permiso los cununos, bombos y guasás -instrumentos que deben acompañar a la marimba-, pues entiende que hay un impulso intangible que los obliga a participar en la interpretación de un currulao, una juga, un patacoré, un bambuco, un berejú, un pango o una caramaba.
"Para construir una marimba, lo primero que hay que hacer es respetar los tiempos de corte, que van muy ligados con la marea y con la luna menguante. La palma de chonta no se debe cortar por cortar; hay diferentes clases y todas suenan de forma muy diferente. Las mejores son la rojiza y la negra", cuenta Cuama, sin dejar de tocar, y asegura que siente una gran preocupación por los cambios que ha sufrido la marimba del Pacífico.
Tradicionalmente, era interpretada por dos músicos: el tiplero, quien era el encargado de tocar las teclas más agudas, y el bordonero, las más graves. Ahora, toca una sola persona. "Antes, las marimbas eran elaboradas y afinadas con el oído, ahora se rigen por el tono de las notas musicales para poder mezclarse con otros ritmos fuera de los nuestros".
Siguen tocando. No hay partituras. Todos interpretan las melodías en un improvisado y armonioso orden. Cuama plantea el ritmo y golpea las teclas con tanta fuerza que las hace saltar y bailar en el aire durante una milésima de segundo, antes de volver a su sitio.
"Acá, en Piedras Cantan, los niños no tienen un carro o una muñeca, pero sí un instrumento y son felices tocándolos. Acá no hay que enseñarles cómo hacerlo, porque no usamos la pedagogía de cogerles las manos para indicar los movimientos, los invitamos a participar", dice Juan Vallecilla, músico e intérprete de Buenaventura.
La marimba siempre suena en las fiestas, reuniones sociales, carnavales, misas y hasta en los velorios. Es el recurso que usan los afrocolombianos para dialogar y expresar lo que sienten: es la herramienta que reemplaza la elocuencia oral.
Este día en particular la fiesta la armó Baudilio Cuama y nadie la esperaba. De hecho, la calle mostraba una realidad desierta que la marimba modificó con su sonora alegría.
Cuama, pese a todo, sí tenía una razón para celebrar: el instrumento que no solo le ha dado de comer, sino una identidad a su cultura afrocolombiana, ha sido declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Algo inesperado que suena a algo muy significativo.
Es una calle sin salida bordeada por casas de madera que flotan sobre el agua, ancladas sobre gruesos troncos, tan quietas y grises como la realidad que se percibe al entrar: las puertas y ventanas están cerradas y desgastadas. No hay sillas. No hay triciclos. No hay juguetes. No hay ropa colgada. No hay nada. El entorno agoniza en silencio: el viento no corre libre ni tiene la suficiente fuerza para mover las hojas de las palmas y los árboles.
Tampoco las piedras cantan.
Inesperadamente, se escucha el eco de algo que da visos de alegría. En un inicio parece ser el sonido de un veloz martilleo que va en aumento. Después, la resonancia que produce el golpe de una gota de agua cuando cae dentro de un balde, pero a una escala gigante. Se trata del llamado eufórico de una marimba que sale de una de las casas y recorre la calle, se cuelga de las ramas de los árboles, toca las puertas de los hogares vecinos y desaparece antes de repetirse.
La gente que, en un principio, no parecía estar allí empieza a salir automáticamente de sus casas como si resucitaran al escuchar un llamado que los convoca. Algunos niños corren hacia el golpe de la marimba: sueltan risotadas, aplauden, bailan, se abrazan, sacan sus propios bombos -no se ve ningún juguete, ya lo dije- y empiezan a tocar con la propiedad que les brinda haber nacido envueltos por su sonido.
Al mismo tiempo, unos bebés gatean sobre el piso de tierra y otros se animan a dar sus primeros pasos hacia la algarabía que han creado los instrumentos. En otro lugar, los mayores se acomodan en sus mecedoras o en los marcos de las ventanas o en el piso, y disfrutan desde la distancia. Miran hacia un horizonte que no existe y se dejan llevar por sus pensamientos. Y ahora sí, pareciera que incluso las piedras cantaran.
Quien toca es Baudilio Cuama, un artesano afrocolombiano que, por años, ha preservado y construido en esa zona del Pacífico uno de los instrumentos de percusión más importantes, no sólo para los departamentos de Nariño, Cauca y Valle del Cauca, sino para toda la humanidad, como lo declaró la semana pasada la Unesco.
"La marimba es un aporte de los africanos que llegaron con sus conocimientos a América. Sin embargo, a diferencia de la nuestra, que tradicionalmente se toca colgada y su base es construida en bambú, allá la llaman balafón y es elaborada con una base de totumas y se toca en el piso", explica Juana Francisca Álvarez, hija de Petronio Álvarez y coordinadora cultural de la Universidad del Pacífico.
A Cuama no le preocupa que los niños y adolescentes se tomen su taller y toquen sin permiso los cununos, bombos y guasás -instrumentos que deben acompañar a la marimba-, pues entiende que hay un impulso intangible que los obliga a participar en la interpretación de un currulao, una juga, un patacoré, un bambuco, un berejú, un pango o una caramaba.
"Para construir una marimba, lo primero que hay que hacer es respetar los tiempos de corte, que van muy ligados con la marea y con la luna menguante. La palma de chonta no se debe cortar por cortar; hay diferentes clases y todas suenan de forma muy diferente. Las mejores son la rojiza y la negra", cuenta Cuama, sin dejar de tocar, y asegura que siente una gran preocupación por los cambios que ha sufrido la marimba del Pacífico.
Tradicionalmente, era interpretada por dos músicos: el tiplero, quien era el encargado de tocar las teclas más agudas, y el bordonero, las más graves. Ahora, toca una sola persona. "Antes, las marimbas eran elaboradas y afinadas con el oído, ahora se rigen por el tono de las notas musicales para poder mezclarse con otros ritmos fuera de los nuestros".
Siguen tocando. No hay partituras. Todos interpretan las melodías en un improvisado y armonioso orden. Cuama plantea el ritmo y golpea las teclas con tanta fuerza que las hace saltar y bailar en el aire durante una milésima de segundo, antes de volver a su sitio.
"Acá, en Piedras Cantan, los niños no tienen un carro o una muñeca, pero sí un instrumento y son felices tocándolos. Acá no hay que enseñarles cómo hacerlo, porque no usamos la pedagogía de cogerles las manos para indicar los movimientos, los invitamos a participar", dice Juan Vallecilla, músico e intérprete de Buenaventura.
La marimba siempre suena en las fiestas, reuniones sociales, carnavales, misas y hasta en los velorios. Es el recurso que usan los afrocolombianos para dialogar y expresar lo que sienten: es la herramienta que reemplaza la elocuencia oral.
Este día en particular la fiesta la armó Baudilio Cuama y nadie la esperaba. De hecho, la calle mostraba una realidad desierta que la marimba modificó con su sonora alegría.
Cuama, pese a todo, sí tenía una razón para celebrar: el instrumento que no solo le ha dado de comer, sino una identidad a su cultura afrocolombiana, ha sido declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Algo inesperado que suena a algo muy significativo.