Una mirada
antropológica a la cultura
Cultura y relativismo
Era frecuente en el
pasado hablar de "gentes cultas" y "gentes incultas",
dentro de una definición de cultura como "cultivo del espíritu" que
resulta elitista aunque es, por cierto, la traducción etimológica de la palabra
cultura. Hoy, en un mundo multicultural y globalizado, se hace necesario
entender este concepto desde una definición antropológica: cultura es un
conjunto de convenciones que adopta un grupo humano para poder relacionarse
entre sí y formar una sociedad. Sucede que, a diferencia de las hormigas o las
abejas, en los humanos el instinto por sí solo no garantiza la supervivencia de
un recién nacido ni provee todas las reglas, comportamientos y códigos que
hacen posible trabajar en grupo por un objetivo común: mantener la vida y reproducir
la especie. Los humanos nos ponemos entonces de acuerdo sobre todas estas
reglas, comportamientos adecuados y códigos para comunicarnos, y luego se las enseñamos
a los hijos y a los nietos, quienes en gran parte las mantienen y en alguna medida
las modifican o adaptan a sus tiempos.
El lenguaje es un
magnífico ejemplo: si yo decidiera crear mis propias palabras nadie me
comprendería; las palabras son inventadas, no dependen del objeto que designan,
pero deben ser códigos compartidos por un grupo de personas si han de permitir
la comunicación. No hay palabras mejores que otras, no hay idiomas
"cultos" y otros "incultos": todos son los buenos si le
permiten a un grupo humano expresar su experiencia. Lo mismo sucede con las
formas "correctas" de saludo, las formas"adecuadas" de vestirse
o de adornarse, o de criar a los hijos, o de gobernar una sociedad. Son
convenciones inventadas que funcionan mientras todo el grupo humano esté de
acuerdo con ellas y base en ellas su convivencia.
Ninguna persona puede vivir
sin cultura, y no hay culturas mejores que otras. cultura, y no hay culturas
mejores que otras.
Adaptación y no
evolución
En el siglo XIX, en
la época victoriana, Europa estaba convencida de haber logrado la cumbre de la
civilización y miraba con desprecio a otras culturas del mundo que iba sometiendo
a su dominio. Cuando los primeros antropólogos aplicaron a la sociedad el concepto
de evolución desarrollado por Darwin, lo hicieron bajo esa tónica etnocéntrica:
los demás eran
primitivos, salvajes o bárbaros, y los europeos eran los únicos
civilizados. En
realidad esto falsea las ideas de Darwin y el concepto de evolución. La evolución
no tiende a fabricar criaturas cada vez más "perfectas"; lo que hace
es garantizar la adaptación mutua entre un ambiente y un ser vivo. Las
capacidades biológicas (el cuerpo, la capacidad de crear y simbolizar) de todos
los seres humanos actuales son equivalentes; es mediante la diversidad de
culturas como las sociedades humanas se adaptan a los distintos ambientes en
los cuales nuestra especie puede vivir. Los esquimales (innuit) adaptaron su
tecnología para vivir en el frío canadiense; los nukak-makú para vivir en una
selva amazónica donde los recursos son frágiles y están dispersos. Ambas
culturas son válidas hoy como lo han sido por siglos y no son fósiles
"atrasados" o "primitivos" a quienes nos corresponde
"civilizar". Nuestra sociedad occidental, aunque mucho más poderosa,
no siempre da pruebas de ser mejor. Podemos vivir en los polos, pero a costa de
depender de combustibles fósiles no renovables y de materiales, repuestos y
alimentos importados. Cuando vamos a vivir a la selva pretendemos convertirla
en prados cercados, permanentes, donde paste el ganado, y así la arrasamos
hasta erosionarla en forma no recuperable. Nuestra sociedad, en poco más de un
siglo, ha logrado destruir la capa de ozono que protege el planeta, y de
continuar así pone en peligro la existencia de toda la humanidad. La sociedad
de Occidente ha influido el mundo entero, pero no es sostenible.
Entender la evolución
como "progreso" nos hace hacer juicios de valor injustos que destruyen
otras culturas, cuando podríamos respetarlas e incluso aprender de ellas.
Complejidad y
diversidad
Una cultura es el
resultado de una historia social, es la forma como acumulamos (o desechamos) experiencias.
En la era de la información, nuestra sociedad globalizada ha conocido muchas
otras formas de vida que pueden serle útiles en un momento dado.
En realidad nosotros
no vivimos en una sola cultura. En nuestra propia sociedad urbana reconocemos varias
culturas porque hay diferentes grupos humanos entremezclados. Los jóvenes crean
convenciones que les permiten identificarse y distinguirse (por ejemplo
alrededor de un estilo de música, de saludo, de vestir, de hablar); los campesinos
conviven con los yuppies, con los paisas, los santandereanos, los
negros, los indígenas. De hecho, nosotros somos todos ellos: un día comemos
tajadas de plátano venidas de África, al día siguiente almorzamos con la lógica
del sopa-seco -principio y sobremesa, pero en la noche cenamos una pizza con
una gaseosa, producto de otra gramática cultural. La arqueología fue inventada
por nuestra cultura como una forma más de explorar soluciones y experiencias
del pasado que nos ayuden a entender mejor el mundo en que vivimos, de la mano
de quienes lo habitaron en los milenios anteriores.
La diversidad nos
enriquece, nos provee de experiencias y nos ayuda a tener respuestas listas
para adaptarnos a las distintas situaciones que se nos puedan
presentar.
Identidades y
convivencia
A la vez, una cultura
necesita desarrollar sentimientos de identidad, así como las
personas necesitamos
autoestima. Sin identidad, sin un orgullo de lo propio, a un grupo humano le
faltará coherencia: la sociedad y la economía colombianas no podrían funcionar
si todos prefiriéramos lo extranjero o si todos nos fuéramos a vivir al Canadá.
A medida que el mundo
se vuelve global es normal y positivo que se refuercen las
culturas locales:
mientras más aprendemos sobre el otro más nos reconocemos y nos pensamos a nosotros
mismos. Pero hay un justo punto de equilibrio entre la identidad, un sano
etnocentrismo, y la xenofobia, la intransigencia. No necesitamos más ideas de razas
o culturas superiores, ya han hecho mucho daño. Necesitamos aprender a convivir,
y para eso es importante sentirnos bien con nosotros mismos, sentirnos seguros de
ser como somos y de nuestras posibilidades. Conocer nuestra historia nos da
madurez, valorar nuestro patrimonio nos da seguridad.
A través de
experiencias lúdicas y estéticas, el Museo del Oro fomenta en los
colombianos un sano
sentimiento de identidad, un deseo de explorarse y reconocerse a sí mismos en
la diversidad.
La Constitución nos
define como pluriétnicos y multiculturales; así, lo que nos une a todos
los colombianos... es que somos distintos.
Banco de la Republica.
